Contracrónicas de la city | Capítulo 8, Nerea y yo

Nuevo relato del periodista y escritor Francisco Gómez, el último de la temporada.

NEREA Y YO

Te vi con la luz encendida en los ojos, la sonrisa abierta a los proyectos, a las ilusiones que amanecían en tus 17 maravillas y sólo pude emocionarme. Hablabas, hablabas y hablabas de tus sueños que los murciélagos de la monótona realidad no habían visitado. Ojalá nunca lo hagan con los dientes vencidos por los desengaños de los días y las capitulaciones de los almanaques. Los destinos incumplidos…

Te veía, estimada Nerea, con tus ojos todos luz, tu sonrisa luminosa a la mañana y cuando te fuiste la puerta exhalaba un rumor de flores flescas. Me dejaste sumido en una marea de cavilaciones que ya no llevan a ninguna parte. Obligaste a echar la mirada por dentro y preguntarme cuántas veces he traicionado, abandonado a su suerte al joven que era, dispuesto a comerse todas las frutas y ascender a todas las cumbres con sus metas que esperaban…

Hablabas, hablabas y reías y la felicidad no te cabía en la boca y tus ojos irradiaban mil margaritas florecidas al principio de los días. Tu presencia contagió de ventura mi jornada mientras recordaba, rememoraba a aquel joven enérgico y voluntarioso, soñador incluso, que iba a lograr todos sus propósitos, el chaval aquel que reinventaría el mundo con una mano de pintura nueva, nunca estrenada. Definitiva.

En el curso de tu risa, pensaba otra vez por qué traicioné a ese joven, cuándo rompí su inocencia como estrella que se apaga. En qué momento claudiqué una tras otra de sus esperanzas, sus alientos transformadores. Para descubrir, saber con terrible precisión y temible peso en este tiempo incierto, presente y solitario que no has cambiado nada, que al mundo ni le importa ni le inquieta tu presencia. Que todo seguiría igual o mejor incluso, estés o no. Y no has transformado ninguna de las coordenadas de la poliédrica y asimétrica llamada realidad.

Esperanzada Nerea, tus labios que dibujaban fantasías nuevas, ascendentes, primeras, me contaban los sueños de tus desvelos que ya iniciaban andadura: ser fotógrafo profesional en mundo de la moda, culminar el curso de diseño gráfico, recorrer paisajes, geografías, humanidades. Subir la escalinata de tus ilusiones y creer, soñar, sentir que los tiempos, las gentes, las perspectivas caminarían al compás contigo.

Te vi y me vi. Este pobre tonto, ingenuo pintor de palabras, te envidiaba, repasaba otros tiempos, otras épocas, otros lugares donde pensaba que sería el emperador del mundo, regidor de los tiempos, virrey de las horas… Hasta llegar a este momento umbrío cuando casi nadie cuenta y los proyectos rinden banderas con el correr de los cumpleaños y ya te sabes retirado del escalafón de los esperados. Al menos, trataré de no perder el último rastro de tu luz y guardaré para mis adentros la estela de tu sonrisa por la mar, entre las olas, hacia la playa luminosa y nueva de tus días y el crepúsculo de mis derrotas. Hacia la mar, tu mar, entre el cielo.

Francisco Gómez

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